Sunday, May 06, 2007

CONSUMO DE ARTE EN CHILE Y SUSTENTABILIDAD: UNA TAREA PENDIENTE



El consumo del arte en Chile se consuma en pocos. Para nadie es novedad esta afirmación. Conocemos las características (perfiles) de quienes adquieren, valoran y distribuyen arte en Chile: no son muchos. Según datos disponibles, menos del 8% de la población visita los museos del país; muchos en cambio, ven televisión y escuchan radio.

Para la sociología el problema del consumo se aboca principalmente a problemáticas económicas, políticas y sociales. Si para algunos es dominación, para otros es libertad. No hay consensos al respecto: y nadie los quiere. La conformación teórica en este aspecto se sustenta en la idea que el consumo es parte fundamental para la sustentabilidad del sistema económico y todo lo que ello significa. Él se acopla, sin duda, a gran parte de su entorno. Ningún sistema social moderno puede prescindir de su operar: menos aún el arte. En este sentido, la historia del arte nos ha dejado señales claras que esta relación no ha sido fácil. Los Marchantes del siglo XIX y los galeristas del XX, han marcado profundamente las configuraciones estructurales del mundo artístico mundial. Pero no sólo él. La política también lo ha hecho: el arte del siglo XX ha estado marcado por su interrelación con la política, y en eso tampoco tenemos dudas.

Si aún observamos teóricos y artistas que soplan al cielo esperando cambiar la dirección de las nubes, es porque aún la reflexión artística y la ciencia social no han generado la discusión necesaria para comprender el proceso antes descrito y ofrecer caminos alternativos. Si en gran parte del globo esta discusión parece superada, en Chile existen aún obstáculos para discutir esta controversial relación entre el arte, la política y el mercado.

Como hipótesis trazamos nuestra distinción argumental: en Chile no existe un mercado del arte que logre sustentar la actividad artística; es la política la que configura y financia sus designios programáticos, impidiendo que sea la sociedad en su conjunto la que contribuya a tal tarea. Frente a tal propuesta, este breve artículo pretende entregar un par de sugerencias-reflexiones al respecto. Como en todo, no intenta saldar el debate, sino que por el contrario: la idea es generarlo.

En Chile la producción de arte ha sido discreta. Lo mismo ocurre con gran parte de las distintas ramas del arte como la danza, la literatura, el teatro, la escultura, etc. Ninguna se ha destacado por sobre otra. Sin embargo, no podemos obviar que su propuesta reflexiva ha tenido (y tiene) grandes momentos (La historia del arte nacional ha destacado en varios escritos estos procesos). Lo importante de señalar aquí es que el arte en Chile ha experimentado una serie de cambios comunicativos en cerca de tres décadas de historia. Este proceso, continuo y discontinuo a la vez, puede ser comprendido como una evolución del sistema artístico nacional hacia una comunicación crecientemente compleja, aunque exista permanentemente la presencia de pretensiones políticas y/o económicas. Esto último parece especialmente crucial. El arte se comprende por su constante interrelación entre el mundo político y el económico. El primero ciertamente ha jugado un papel más crucial en el arte nacional: el profundo llamado a unirse a la unidad a comienzo de los setenta, las obstrucciones comunicativas en el 73 y la necesidad del arte por generar “disimulos” comunicativos ante la política (durante los setenta y ochenta) han sido para la reflexión histórica y teórica del arte temas más polémicos, cruciales e interesantes de desarrollar, que estudiar el florecimiento (siempre presente) del mercado artístico chileno y todo lo que ello significa.

Sin embargo, el arte, la política y la economía, tienen hoy una convivencia interesante de observar. La política hoy ya no exige unirse la unidad del pueblo: Bachelet no llamaría al arte a plegarse a su proyecto institucional. Tampoco obstaculiza u obstruye la compleja configuración del arte contemporáneo: más bien lo que hace es entregar fondos (¡dinero!) para que los proyectos artísticos mejor “evaluados” puedan ser financiados y presentados a la comunidad (esa siempre tan difusa espectadora). Lamentablemente este tipo de propuestas programáticas (políticas) lo que han hecho, al igual que en el aspecto económico, es aumentar las desigualdades de ingreso (consumo en este caso) entre los más ricos y los más pobres (del quintil más rico, al más pobre, para decirlo en forma rigurosa), conformando así una segregación artístico-cultural. La política, en este caso, les hace un favor a los más ricos: a los “afortunados” o poseedores de un mayor capital cultural, social, económico, etc. Si bien esta programación es cuestionable, lo es más el trabajo que se ha realizado para revertir esa situación. Sería ingenuo de mi parte acusar a las autoridades del mundo cultural nacional de “no hacer nada”. Al contrario, se ha hecho mucho. Y en eso no hay duda. Lo cuestionable es que se ha hecho mucho, pero para los mismos.

Ellos, sin embargo, no son tan inmaculados. Al igual que todo chileno (o extranjero con residencia en el país) debe postular a esos fondos y adjudicárselos para realizar su proyecto. Pero cuando es su décimo proyecto financiado íntegro o parcialmente no es sólo por su “pituto”, sino que más bien por su know how o experiencia acumulada por años. Es decir, esto implica que otros agentes no logren “competir” por los recursos escasos, debido a su falta de herramientas técnicas y/o políticas. En otras palabras, el postular a los fondos se ha transformado en una profesión de alta complejidad. Entonces bien, las preguntas que uno se puede hacer son: ¿Por qué nuestras artes nacionales se gestan y dependen de tales fondos concursables aún? ¿Dónde queda nuestra responsabilidad al respecto? ¿Por qué nos cuesta tanto pagar por ellas? ¿Qué se puede hacer para revertir esta situación? Veamos brevemente un par de propuestas al respecto.

El financiamiento de las actividades artísticas chilenas surge aquí entonces como problemática central (al igual que toda política pública nacional). Siguiendo a Teubner[1], pienso que la sustentabilidad del arte (nacional) parece estar mejor protegida, a) si la comunicación artística es financiada por una pluralidad de fuentes y b) si una dependencia monopólica del arte en una fuente de financiamiento es evitada. Con ello, la política tendría que modificar su actual entramado burocrático. En otras palabras, el Estado tendría que garantizar una pluralidad de fuentes financieras (independientes) que serían una condición externa para la sustentabilidad (pluralidad) artística. Una clase de subsidio delegado que funcione bajo la lógica de “abajo hacia arriba”[2] sería el principio rector de nuestra primera propuesta. Es decir, delegar en una multiplicidad de fuentes de financiamiento (privada, local, comunal y regional) los recursos disponibles y que funcione con un formato similar a las fundaciones u ong’s comunales: por medio de decisiones participativas comunitarias. Modificar los complejos modelos de evaluación de proyectos sería su labor fundamental. Ahora bien, esta propuesta no tendría sentido sin considerar otra parte fundamental del problema.

En el mundo del arte es común escuchar que las galerías comerciales no tienen un criterio curatorial claro y bien definido. Ajeno a tales prejuicios, nos interesa destacar que en nuestro país existe una autodescripción sustentada en el anti-mercado. Como anotamos al comienzo, en Chile este tema no ha estado ajeno y su polémica al interior de sistema artístico es notoria. Gran parte del entramado artístico (de músicos, poetas, artistas visuales, etc.) manifiesta un claro rechazo al mercado y su funcionamiento. Si bien existe un fuerte desconocimiento del funcionamiento del mismo, el mundo artístico lo considera ajeno a su operar y mantiene semánticamente un fuerte prejuicio hacia él. Tal concepción del mercado del arte no permite lograr un acoplamiento estructural sólido entre el arte y la economía. Si bien existen experiencias periféricas segregadas (como el mercado de las artes visuales en Alonso de Córdova), en la conformación estructural del sistema artístico la descripción tiende a separar ambos mundos en detrimento de la economía. Pienso, como segunda propuesta, que la proliferación de estructuras artísticas privadas y públicas (galerías de arte, espacios culturales, corporaciones privadas, etc.) con un sólido esquema organizacional (profesional), permitiría un mejor funcionamiento operativo en la distribución, producción y recepción del arte nacional. En la senda de la sustentabilidad, sólo con la existencia de diferentes estructuras dispuestas a comercializar y ofrecer su mediación entre la producción artística y la persona interesada, se potenciaría la valoración y consumo del arte en nuestro país (tomando como supuesto que se elimine el centralismo artístico nacional y se descentralice: que es una tarea aparte). Es hora, y es aquí donde me interesa centrarme, que la gente, la ciudad, la sociedad consuma, estime y/o adquiera la producción artística nacional. En este sentido, interesa que junto a las propuestas antes señaladas, el arte, la política y la economía se esfuercen en potenciar que la sociedad asuma su deuda histórica y logre niveles de adquisición de arte que logren, junto al complejo entramado estructural que lo rodea, sustentarlo.

Esto significa una gran tarea. En primer lugar, se intenta modificar los modelos tradicionales de las políticas culturales (basados en fondos concursables) por la configuración de esquemas de financiamientos diversificados en formatos de fundaciones. En segundo lugar, la diversificación de estructuras de venta y/o comercialización de arte, por medio de esquemas privados y públicos con criterios curatoriales o no, que posibiliten un mayor consumo cultural: es decir, potenciar la elección. Al fin y al cabo, la propuesta aquí no es vender el arte por venderlo: es lograr que la sociedad en su conjunto valore la producción artística nacional y sus artistas. Si se logran estructuras organizacionales con intereses diversificados en miras a lograr un mayor consumo cultural, entonces estaremos en un camino que parece ser positivo. En este sentido, la discusión es cómo generar los mecanismos necesarios para que la sociedad consuma arte y cultura.

En definitiva, si pedimos más fondos concursables y más recursos de la política, lo único que hacemos es impedir que la sociedad intencione sus decisiones en pos del consumo cultural: para qué pagar si los artistas nos cantan gratis en los cerros de Valparaíso. El dinero en este caso, debería dirigirse a generar en la sociedad niveles de consumo cultural sostenidos en el tiempo: no más limosnas, sino que valorización de nuestro patrimonio contemporáneo y los agentes involucrados en el mismo. No sacamos nada en gastar el dinero estatal en sustentar el sistema artístico; los fondos tarde o temprano acabarán. Por ello es importante configurar las estructuras necesarias para potenciar las audiencias, los consumidores de arte y los financistas de obras públicas. Ya no vale la pena pedirles a los empresarios que financien a un artista con el vuelto del supermercado (sería terrible), es hora de entablar decisiones políticas, económicas y artísticas, para hacer que la sociedad vaya sustentando el mundo artístico-cultural, pero siempre manteniendo la complejidad interna propia del sistema artístico.


[1] TEUBNER, GÜNTHER Y CHRISTOPH BEAT GRABER “Art and Money: Constitutional Rights in the Private Sphere?” Oxford Journal of Legal Studies 1998, 18, 61-74
[2] PETERS, GUY “Modelos alternativos del proceso de la política pública: de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo” Revista gestión y política pública, Vol. IV Nº2, 2005.